FUNCION DE SPAM DE ESTE JUEVES 28 DE AGOSTO!!!: A pesar del paro programado, la funcion de "SPAM" no se suspende. Le pedimos por favor si ya tiene su reserva y no fuera poder venir, nos avise a la bervedad. Muchas gracias.
"APÁTRIDA, DOSCIENTOS AÑOS Y UNOS MESES" de Rafael Spregelburd Dirección: Rafael Spregelburd.
Duración:
100 minutos.
Lunes 21:00 hs.
General: $ 90
Estudiantes y Jubilados: $ 60 - [presentando acreditación]
No se permite el acceso a la sala una vez comenzada la función.
Corre el año 1891. Luego de formarse en Europa, un puñado de pintores argentinos comandados por Eduardo Schiaffino pretende –con una modesta exhibición en la calle Florida – una misión altisonante: fundar, tal vez, un arte nacional. Pero hay una voz, una sola, que se levanta en contra. El crítico español Eugenio Auzón ataca sin piedad: “Habrá arte argentino dentro de doscientos años y algunos meses”. La lúcida y amarga polémica entre Schiaffino y Auzón se sale de control, y lo que comienza siendo “una ofensa de las que se lavan con buena pintura” acabará lavándose con sangre. Schiaffino y Auzón se batirían a duelo en la Navidad de 1891. Las consecuencias de este duelo aún resuenan en nuestros oídos con cuidadosa y brutal precisión. Ninguna patria celebra a sus apátridas.
Director:
Rafael Spregelburd 
Autor:
Rafael Spregelburd 
Actúan:
Rafael Spregelburd / Zypce 
Dirección Musical:
Zypce 
Investigación:
Viviana Usubiaga 
Fotografía:
Ale Star 
Voces grabadas:
Mónica Raiola / Erik Altorfer / Pablo Osuna García / Félix Estaire de la Rosa / Zaida Rico / Ruth Palleja / Zypce / Spregelburd 
Iluminación:
Santiago Badillo 
Diseño del espacio:
Santiago Badillo 
Vestuario:
Julieta Álvarez 
Asistencia de dirección:
Gabriel Guz 
Arte críticas
El montaje es inusual en la representación teatral. Actor y músico se conectan. El primero encarna a Auzón y Eduardo Schiaffino con versatilidad, asumiendo distintas posturas; el segundo usa una partitura fragmentada a través de objetos e instrumentos alternativos. La riqueza del espectáculo en recursos escénicos es muy interesante. Por un lado, el vestuario de los actores que es propio de fines de siglo XIX se entrecruza sutilmente con los dispositivos tecnológicos: audioguías, consolas de música electrónica, teléfonos celulares. Con gran ingenio, el director plantea una composición en la que los recursos utilizados se funden con la escenografía, provocando momentos emocionales e irracionales en el discurso. Polifonías diversas, mixtura entre el estilo de época propio de la historia que se está contando llevan al espectador a un viaje intenso, con elementos de lo absurdo y disparatado. Un ejemplo claro de esto es escuchar un mensaje del presidente Roque Sáenz Peña por un celular, o ver a los actores bailando juntos música electrónica.
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Arte críticas
Todas las obras de Rafael Spregelburd giran en torno a evidenciar que, según sus propias palabras, “la realidad es una construcción del lenguaje”, y Apátrida, doscientos años y unos meses no es la excepción. Bajo la mirada del dramaturgo, realidad y ficción se confunden puesto que utilizan una misma arma: el lenguaje. De hecho, ya desde el principio, el actor en escena nos avisa que “no es verdad” eso que vemos, sino que él está representando. Además, añade, “un estado es también la suma de sus ficciones”.
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Radar
Con apenas un cambio de atril, Spregelburd encarna con virtuosismo a los dos protagonistas. Va y viene, declama, entrecorta los parlamentos a su antojo. Lejos de la literalidad, la historia llega al escenario como un eco de voces entrecruzadas y sampleadas: las críticas originales son interceptadas por textos del mismo Spregelburd y otros de periodistas de la época que hacen que el tiempo colapse: el pasado es acá un presente indefinido. Spregelburd representa a Auzón como un cretino en las sombras, un hombre excepcional, extremo, un futurólogo que se lleva las mejores líneas, las del héroe. (…) Esta polifonía rara, viciada, está apoyada además en el uso de aparatos tecnológicos: una audio-guía ridícula intenta explicar los cuadros exhibidos en la exposición desde unos grabadores enervantes y Roque Sáenz Peña es contactado mediante un celular y una oreja de gramófono. (…) Todas estas superposiciones de textos, audios y música incidental suceden gracias a la ayuda de Zypce, un músico de una elegante parquedad que permanece en escena el total de la obra administrando sus sonidos como un DJ a cuatro manos y convirtiendo la sala en una caja de resonancia histórica. Sus varas cortando el aire, sus toscos violines, sus golpes en la madera, sus mezcladitos, pasan de la periferia al centro de la escena. Eso que aparecía como accesorio se vuelve imprescindible: la música crea la atmósfera, ofrece un lugar donde apoyar los discursos y se vuelve a la vez discurso, en su remixado de temas patrios, tangos, cumbias, golpes y relatos de carreras de hipódromo. ( María Gainza , Radar)
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Tiempo Argentino
Los dos espectáculos que Rafael Spregelburd tiene hoy en cartel manifiestan el grado de perfección al que ha llegado su teatro. Todo, en la Sala Beckett , y Apátrida, doscientos años y algunos meses, en El Extranjero, agotan sus entradas todas las funciones. Con apenas 40 años, unas 50 obras escritas y muchísimos premios, Spregelburd sobresale por la originalidad de sus estructuras poéticas, la profundidad de los temas que encara y, especialmente, por su potente teatralidad. Asomarse a su universo teatral, que conecta la Argentina con el mundo, es una propuesta fascinante, en el cruce del arte con la filosofía y la política. ( Jorge Dubatti , Tiempo Argentino)
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Geoteatral
La composición musical de Zypce (colaborador habitual en trabajos del autor) es ambiciosa. No sólo porque fusiona sampleos, loops y efectos en computadoras sino porque también realiza sus propios instrumentos con objetos no tradicionales. Desde esgrimir arcos de violín hasta emplear el tanque de nafta de un auto, pasando por un largo tirante de madera, alambres, antenas, tuercas, rulemanes, bolitas y demás elementos. Además de escribir y dirigir la obra, Spregelburd interpreta la pieza realizando un verdadero tour de force. Donde cada palabra, cada gesto, cada expresión, cada respuesta del músico, conforman una especie de monólogo a dos voces, o falso diálogo, que indaga la substancia de los protagonistas de forma ambigua y contradictoria. Sustentado sobre el soberbio diseño de luces y un fructífero uso del espacio escénico a cargo de Santiago Badillo. (Alejandro Chaluat, Geoteatral)
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Globedia
En esta nueva joya del arte actual nos encontramos en 1891, con un pintor que pretende ser el semental creativo del nuevo arte nacional, argento y patriota como la escarapela. Pero que se tambalea con la aparición de un crítico crítico, muy criticado, quien plantea que el arte no tiene por qué tener fronteras, como por desgracia tampoco, la estupidez humana. Así comienza un espiral ascendente de conflictos discursivos y no tanto, intelectuales y no tanto, artísticos y no tanto, antiguos y no tanto. Todo esto acompañado y guiado por los matices sonoros y ca(n)dentes de Zypce, el hombre luthier-director de orquesta-dj-actor, que nos recuerda una vez más que no todo está dicho (ni oído). Como de costumbre, Spregelburd nos ofrece un genial desempeño, así como su colega. No miento al decir que después de Todo, es excelente. (Globedia)
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Culturamas
El espectáculo de Spregelburd es meritorio por esas preguntas que nos hace, por el modo en que se despliega, por la convicción de su enunciación, por la elaboración de un lenguaje, por la teatralidad de muchos de sus procedimientos, por el nivel de juego que se permite y porque tematiza una importante cantidad de los diversos aspectos de los que se podría hablar en torno al arte y al sistema del arte y al mismo tiempo, no deja de hablar nunca del teatro, de lo que el teatro es o puede ser hoy, 2011, Buenos Aires. ( Christian Lange , Culturamas)
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Página 12
Basándose en los dichos de uno y otro –recogidos en una investigación de la historiadora Viviana Usubiaga –, Spregelburd injerta textos escritos por él y le da forma a un monólogo a dos voces, respaldado por las creativas intervenciones sonoras de Zypce. Incluida la escena del duelo en un descampado (hoy Morón), el dramaturgo y actor va y viene con soltura entre un personaje y otro. El espectáculo resultante tiene en la discusión de la identidad su tema principal, seguido por la responsabilidad del Estado en la formación y promoción de los artistas y la aparición de un mercado de arte vernáculo. ( Cecilia Hopkins , Página 12)
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